La mujer de los tacones

Poco importa su nombre.  Nos referiremos a ella como la mujer de los tacones, porque nunca se la ha visto sin estar subida en alguno de los múltiples pedestales que atesora y sobre los que camina confiada –o eso parece al menos-.

La mujer de los tacones sale de casa en su coche rojo y pinta sus labios a juego aprovechando los semáforos que también lo hacen, mientras suena rock and roll. La mujer de los tacones sube en ascensor a la oficina y saluda con energía y optimismo a su alrededor. Se prepara un café y, mientras lo toma, bromea con el tipo del traje gris marengo -uno de ellos- sobre el nuevo peinado de él. Luego se afana en los quehaceres, y recibe con una sonrisa en su despacho.

La mujer de los tacones come algo ligero en un restaurante, bebe a sorbos lentos un té verde y regresa a su trabajo hasta la hora en que el sol empieza a ponerse a primeros de abril y después se dispersa repartiendo guiños con una cerveza en la mano.

Luego, cuando llega a casa, la mujer de los tacones mira con desprecio a esa que al otro lado del espejo se desmaquilla, echa de menos, llora y traga una pastilla roja para dormir hasta el día siguiente.

Saul Peurat

La fama de Saul Peurat como escritor nunca fue nada destacable, como tampoco su producción literaria compuesta por dos breves novelas y una recopilación de relatos cortos en que sí había algunos ciertamente apreciables. También un poemario que Saúl se empeñó en ocultar con todas las fuerzas y artimañas de que pudo disponer.

Aun así, con su desaparición, un avispado editor terminó haciéndose con aquellas páginas. Sus poco más de seiscientos versos encontraron acomodo en los estantes de las librerías al calor de la leyenda negra que comenzó a tejerse en torno a la historia de Saul.  Una historia con el crecimiento desordenado, plagado de insinuaciones y suposiciones, esperable de la ausencia de una verdad oficial, pero una historia más entre tantas, al cabo.

No hubo problema mientras aquellos ejemplares permanecieron más o menos discretos en las librerías, visibles para unos pocos entendidos y algún ocasional que, hojeándolo, se dejaba cautivar por alguno de los poemas. A partir del momento en que un popular músico decidió tomarse la libertad de adaptar varios de los poemas del autor misteriosamente desaparecido, fueron muchos los que empezaron a interesarse por poseer una copia de su poemario.

Estaba ya en camino la segunda edición cuando comenzaron a desaparecer de las librerías los pocos ejemplares que quedaban. Una noche al cerrar la tienda estaban en su estante y a la mañana siguiente lo único que había era el hueco, parcialmente ocupado por otros dos libros inclinándose para apoyarse como dos camaradas borrachos que no podían responder a qué había ocurrido durante la noche. Sin señal alguna en los accesos, sin que faltara más nada en todo el local -ni dinero ni otros libros más valiosos-, desaparecieron como lo había hecho Saúl Peurat tiempo atrás.

Podría haberse pensado que todo era una artimaña creada por el avispado editor, si no fuera porque el mismo día que se terminó de imprimir la segunda edición, el almacén de su editorial ardió parcialmente. Un bombero declaró que se había podido salvar casi todo, excepto una partida de libros, que resultaron ser los de Peurat.

Nunca llegó a decir que durante varios minutos intentó sofocar el fuego que consumía aquellos libros creyendo estar en una pesadilla, pues volvían a prender solos una y otra vez hasta que terminaron consumidos.
Nunca reconocerá que consiguió salvar una copia humeante, que la guarda en su casa sin atreverse a abrirla para no contrariar la voluntad de un hombre que decidió desaparecer para que nadie le conociese, que cada día piensa si ese hombre no sería el mismísimo diablo.

Impía

Llueve con fuerza y la temperatura ha bajado desde que se hizo noche cerrada. Hace rato que las gotas han empezado a escurrir desde el pelo por su cara en regueros que la contornean y se precipitan desde su barbilla. Siente el agua deslizándose en torno a sus ojos y por las esquinas de su nariz mientras camina con la ropa empapada ya, de forma que aunque hubiese alguien por la calle a semejantes horas bajo el aguacero, nadie podría decir si llora o no.

El frío también le anestesia, y aunque a cada paso sus fuerzas menguan, continúa decidido en la misma dirección. Buscando el descanso. Escapando. Mojándose. Secando.

Cuando le encuentren, nadie podrá seguir el origen de sus pasos de vuelta hasta el lugar donde empezó a mojarse por fuera y a secarse por dentro. La lluvia, impía, habrá lavado la sangre que fue perdiendo por el camino.

Habrá borrado toda su huella en el mundo.

Reencarnado

Soy un escritor que escribe sobre escritores.
Como en los cuadros de Escher, los mundos imposibles de mis relatos parecen formar una espiral que termina en el mismo sitio donde comenzó. Con un hombre derramando tinta, muerto y resucitado sobre el papel.

Tengo otras cosas que hacer con mi vida: afeitar esta barba descolocada, sacar a Kafka al parque, averiguar por qué me llegan al buzón las facturas de otra persona, llamarla, tirar la comida caducada de la nevera, planchar un par de camisas, ver esa película tantas veces postergada.

Y, sin embargo, no lo haré. Encorvado sobre una máquina de escribir ya antigua pero que resiste al golpeteo prolongado sin pedir más que un periódico cambio de la cinta, cada día más dificil de encontrar, continúo recorriendo trazados imposibles, discurriendo historias dentro de otras, esclavizando las mentes de otros a los que hago reproducir nuevos laberintos. Cuando uno cae víctima de la extenuación, yo no puedo evitar sentir cierto regocijo por seguir aun en pie.

Seguiré aquí dedicado a mi labor, y procuraré no preguntarme si alguna otra mente enferma es quien me ha puesto a mi en este laberinto.

Microrrelato: Convalecencia

El doctor ha dicho que le dejemos tranquilo. Me parece que no sabe si realmente se ha curado y cree que si piensa demasiado en su enfermedad tal vez ésta regrese con más virulencia.

Hace días que comenzó a comer pequeñas cantidades de alimentos ligeros, y sus ojos parecen vivos de nuevo aunque no hayan recuperado el brillo y la energía normales. Ayer tomó mi mano y la apretó, no con mucha fuerza pero sí con lo que parecía ser una forma de decir “quiero salir de esta, y tal vez necesite tu ayuda”.
Quizás para cuando la primavera comience a florecer esté listo para salir a pasear, ser deslumbrado por el sol que no ha visto en una larga temporada y escuchar voces desconocidas alrededor contar -o callar- sus propias historias de decepción. Ya no falta tanto.

Observarle se ha convertido en mi rutina, y acariciar su cabeza en un bálsamo. La sonrisa que alguna vez me ha dedicado al despertarse en un motivo para permanecer atenta a semejante recompensa. Paso todo el tiempo posible aquí sentada, y aunque he descuidado el trabajo no me importa.

El doctor dice que necesita reposo, y yo sé que también necesita ilusión. Lo supe nada más que le vi entrar a esta habitación de hospital solo y con la marca de otras heridas peores, las invisibles.

Me quedaré aquí hasta que le den el alta y después nos iremos juntos a seguir sanando. No me importa lo largo que sea este turno, sé que vale la pena.

Relato: Origen

Las personas normales piensan que las historias son, en el mejor de los casos, un relato de la realidad. Yo sé que no es así.
Al contrario, lo que suele salir de la pluma inspirada es, precisamente, la receta de la realidad. Cada palabra construye piezas, las arma, sitúa unas encima de otras y, aun en un equilibrio precario, da forma a todo alrededor.

La otra noche, atrapado de nuevo por el insomnio, la pasé en vela perfilando a partir de palabras, con la máxima precisión que pude, un hombre y una mujer.
Les dí un nombre, les proporcioné unos cuerpos y puse todo el empeño en describir sus almas. Por compartir alguno de los que me atormentaban, les traspasé unos cuantos miedos y deseos. Con la misma tinta grabé en su memoria recién inventada los primeros recuerdos.

Para cuando salió el sol, se habían cogido de la mano y caminaban solos. Yo me dormía por fin con la pluma apretada como un tesoro.

Soñé que mi nombre era el seudónimo de Dios.