Sopla

Me dijiste “sopla”, de una manera que parecía que el hacerlo de la manera correcta podría alejar todas las preocupaciones. Y así fue.

Te di un beso en la mejilla justo antes de sacar de mis pulmones el aire con toda la fuerza que me fue posible, y entonces sonreíste con un gesto de inocente felicidad.

Creo que habías pedido un deseo. Pero las normas de estas cosas dicen que no se puede preguntar sobre eso.

Por todo lo que vino después, diría que se cumplió. Aun no se ha borrado esa sonrisa de tu cara y ya nunca más he vuelto a pensar en aquellas preocupaciones.

Sopla!
Sopla!

Inspiración

Ha probado todos los métodos posibles para recuperar la inspiración que le abandonó en algún momento de los últimos meses. Al menos, todos los que se le ocurrieron o le recomendaron. Incluso los menos ortodoxos.

Pero dicen que cuanto más buscas algo, más se aleja.

Lleva demasiado tiempo así cuando se le cruzan esos dos ojos azules. Tardará un poco en darse cuenta, pero en determinado momento se quedará mirándolos fijamente, escrutando en su profundidad el mundo entero. El mar, las islas, el alma de la humanidad entera condensadas en ellos dos.

Será entonces cuando exclame “tengo que escribir algo que describa este momento”.

Flores

Tristeza

No podía quitarme de la cabeza su expresión de angustia, ni las palabras que usó a continuación.

La desesperación que sentía, la ansiedad, el ejército de agujas clavadas en la cabeza, el vientre encogiéndose sobre sí mismo y la sensación de completa irrelevancia en el mundo se hicieron también mis compañeras.

La luz del sol, antes aliada, pasó a convertirse en una dolorosa tortura para los ojos.

Incapaces de digerir la tristeza, nos indigestamos de ella hasta que en un determinado momento, fundidos en un fuerte abrazo, comenzó a disolverse y se escapó en un sonoro eructo. Puso cara de circunstancias, y los dos nos reímos a carcajadas.

¿Por qué pasan tan rápido los minutos estando contigo?

Aun puedo recordarlo. Lanzó esa pregunta al viento por primera vez durante una tarde de invierno, de aquellas en que afuera nevaba en grandes copos que parecía que fueran a echar a volar de nuevo hacia el cielo, de lo ligeros que caían.

“¿Por qué pasan tan rápido los minutos estando contigo?”.

El silencio por respuesta. Yo tampoco lo sabía.

Aun recuerdo el sabor del chocolate que tomábamos. La textura suave de la piel de sus manos. La expresión de feliz esperanza en sus ojos mientras lo preguntaba, que tantas veces habría de disfrutar. El griterío jubiloso de la pandilla de niños que jugaban afuera con la nieve. La música que sonaba, con sus acordes delicados de violín.

Podría recordar todos los detalles alrededor de cada momento de los muchos que nos hicimos la misma pregunta.
Hoy me preguntó por qué habían pasado tan rápido los últimos años, y supe que la respuesta era “porque estando contigo siempre quiero más”.

Y, sin pretenderlo, mi mente volvió a guardar como un tesoro cada una de las pequeñas cosas que construyen estos momentos de felicidad que parece breve pero, en realidad, ya es eterna.

Vicios

– ¡Ramírez! Esa no es la contabilidad de noviembre ¿Qué está usted haciendo?
– ¿No es obvio, señor Pérez? Estoy viendo un poco de pornografía.
– ¡Le parecerá normal!.
– Hombre, es justo reconocer que lo de esta morena es superlativo, ¿no cree?
– Pero… ¡aquí se viene a trabajar! ¡Es inaudito! Nunca había visto nada semejante…
– Créame, jefe, en esta página las hay incluso mejores…
– Pero, ¿cómo se atreve?¿No le da vergüenza?
– Señor Pérez, mis compañeros salen todos los días a fumar dos veces por la mañana y dos veces por la tarde. Yo prefiero ver mujeres desnudas. Cada uno tiene los vicios que tiene. Pero ya ve Vd. que procuro ser algo discreto.
– Tenemos que hablar usted y yo urgentemente.
– Por supuesto, precisamente quería preguntarle… ¿esta de aquí no es su santa señora?
– …
– …
– Venga conmigo, tenemos que hablar.
Ramírez salió de allí con un despacho y sueldo nuevos. Había amortizado con creces el curso de Photoshop y diseño web.

Razón

No creía en la casualidad como accidente. El azar, decía, no era más que un conjunto de consecuencias lógicas a un número de ecuaciones que quien no acierta a explicar achacaría a algo abstracto. Su querencia por intentar dar a todo una explicación racional me resultaba a veces un poco molesta, pero me divertía el hacer que tuviera que ponerla a prueba de una manera exagerada y a menudo torticera, cosa que llevaba con bastante sentido del humor.

Un día me soltó un súbito y emocionado “te quiero” y no pude evitar preguntarle con fingida cara de descreimiento “¿por qué?”. Respondió, con tímidez, “Porque te quiero. No sé, no todo tiene que tener una explicación, ¿no?”. Sonriendo, reconocí por fin “Yo también te quiero“.

Otoño

El viento cálido del sur empujó las hojas, doradas y ocres, hacia el suelo. Cayeron las primeras nueces de su abrigo verde. Crecieron setas de gran sombrero blanco pizcado de marrón y brotaron las flores de azafrán desperdigadas en las praderas. Comenzaron a agruparse los pájaros para regresar de vacaciones. Los manzanos a lucir sus coloradas piezas.

Ella sonrió de nuevo después de mucho tiempo y fue al contemplarla que supo que había llegado el otoño. Tiempo de cosecha.

PC122666

Tempus fugit

R. podía escuchar en su cabeza el tiempo correr. No era el típico sonido rítmico, cadencioso, al que los relojes o los metrónomos han acostumbrado nuestros oídos que lo convierte en una sucesión de instantes aislados, sino un rumor continuo, a medio camino entre un zumbido y el ruido blanco que se escucha al acercar al oído una caracola.

Desde su infancia había convivido con ese murmullo imposible de asir, que se escapaba como lo haría la niebla y convertía continuamente el futuro en pasado. Muchas veces intentó silenciarlo, ilusionado con la idea de que eso le permitiría detener el tiempo, pero cuanto mayor era el silencio en que se sumía más intenso parecía el sonido.

Con los años se le fue haciendo más difícil tolerar aquel murmullo que parecía cada vez más amenazador. Puede que sonara con la misma intensidad de siempre, pero le resultaba más y más insoportable. Le resultaba difícil concentrarse en las cosas que antes le apasionaban, obsesionado con su presencia.

Hasta que un día consiguió detenerlo. Al contrario que en aquellas películas donde alguien tenía el poder de detener el tiempo y seguía interactuando con el mundo mientras lo demás a su alrededor permanecía estático, cuando consiguió silenciar su sonido el tiempo se detuvo solo para él, escapándose por las costuras que acababa de abrir en su cráneo.