Fase REM

Volvió a cruzársela a las 8 menos 7 minutos.

Como el día anterior. Al igual que cada domingo a las once y cuarto cuando salía al quiosco.
No le importaba, porque ello le permitía volver a verla una vez más. La veía acercarse unos metros más allá y levantaba la vista como si al día siguiente no fuese a verla más, como si quisiese contar cuántas vetas había en aquellos ojos marrones. Se cruzaban, y el olor de su pelo todavía húmedo lo impregnaba todo durante unos instantes.

¿Dónde lo había olido antes?. A veces tenía la impresión de que ella le miraba, también pensativa. Tal vez se había dado cuenta de que se cruzaban todos los días a la misma hora en el mismo lugar. A veces creía ver que se le escapaba entre los labios una pequeña sonrisa. Entonces, él miraba al suelo fingiéndose distraído y sólo alzaba la mirada cuando la distancia entre ambos volvía a aumentar.

Ahí terminaba su encuentro de cada día. Nunca volvía la cabeza porque le daba miedo. No era su espalda, sino su cara. Temía que por una de esas casualidades, ella hiciese lo mismo y le viese intentando escudriñar dónde había visto esa mujer antes.

Por la noche, como cada una desde hacía más de tres años, se miraron, hablaron, se abrazaron y decidieron que tenían que pasar más tiempo juntos para mejorar su relación.
Pero cuando algo antes de las 7 de la mañana, como todos los días, en sus casas sonó el despertador, ninguno de los dos fue capaz de recordarlo. A las 8 menos 7 minutos volvieron a cruzarse dos viejos desconocidos.

Relato: Salva Nuestras Almas

He estado reorganizando un poco los contenidos del viejo sistema de weblog, y lo primero ha sido crear la categoría ‘Relatos’ y poner en ella los que estaban publicados. Celebrémoslo añadiendo a la lista uno inédito firmado en enero de 2007.

Salva Nuestras Almas

Aquel hombre que llamó a la radio para pedir ayuda -o tal vez solo fuese para contar su historia- podría haber sido solo uno más entre tantos oyentes solitarios que se desahogan y olvidan sus problemas simplemente contándolos en voz alta. Mi compañero de producción solía decir que nuestro programa de madrugada estaba a medio camino entre una puta y un psicólogo: les escuchábamos como las primeras y les dábamos consejos que no seguíamos como los segundos. Pero me temo que él nunca había visitado a un psicólogo.

En muchas ocasiones se habían recibido en el programa llamadas de gente que decía pretender suicidarse. De hecho, era algo relativamente frecuente. En ocasiones eran bromistas, pero otras veces eran personas que sentían su vida vacía o inutil, que se encontraban demasiado solos o que creían haberlo perdido todo cuando solo habían perdido una cosa. Casi siempre la situación se solucionaba tras una breve charla porque, en el fondo, aquella persona que decia que iba a quitarse la vida solo estaba pidiendo que alguien escuchase sus penas para poder conciliar el sueño de una vez por todas. Cuando la amenaza era más preocupante, los servicios de socorro -que hacían guardia con tres aparatos de radio puestos- se ponían en marcha para llegar a tiempo de hacerle un lavado de estómago al que llamaba diciendo que se había tomado dos cajas de pastillas con tequila o dar unos puntos al que se cortaba las venas.

 

Hasta el día de aquella llamada solo nos constaba que uno de los ‘anónimos comunicantes en la madrugada’ se hubiera suicidado. Hacía menos de un año, una mujer había llamado, pero no para decir que estaba preparándolo todo para acabar con su vida, sino para pedir perdón por los daños que pudiera ocasionar a sus vecinos. Inmediatamente se oyó una tremenda explosión. La noticia en la prensa sobre la mujer que abrió el gas y luego llamó a nuestro programa antes de hacerse saltar por los aires nos dio una impagable publicidad gratuita y nuestra audiencia subió como la espuma, así como las llamadas, las bromas, y las amenazas al equipo del programa que nos obligaron a adoptar medidas de seguridad para volver a casa por la calle a última hora de la noche. Aun así, creímos conveniente reemitir aquel programa en un par de ocasiones señaladas e incluso se elaboraron cuñas de promoción de nuestro espacio con aquel momento histórico como centro.

Creo que la llamada de aquel hombre y su trágico desenlace no llegó a salir en la prensa, ni a ser el centro de la estrategia publicitaria de la emisora. Tal vez porque la muerte ya había perdido interés como reclamo o puede que por un repentino ataque de responsabilidad.

Aquel hombre llamó porque decía haber descubierto una grave traición. Tras haber pasado años dedicando su vida a un trabajo en el que todos le daban palmadas en la espalda y le decían lo importante que era éste para la empresa, acababa de recordar sus viejas promesas de juventud. Sus viejos sueños que, ahora se daba cuenta, ni siquiera había intentado conseguir. No sentía solo que había perdido toda su vida, sino también que se había traicionado a sí mismo aceptando todo tal cual le venía dado. Sentía, en definitiva, que no había luchado y que por tanto no merecía el honor de la victoria pero tampoco el de la derrota, sino el castigo de los cobardes. Pocas veces había un oyente resultado tan convincente.

El disparo sonó. Retumbó en el estudio y lo oyeron todos en sus casas. Paró la música, callaron todas las voces y se hizo el silencio. Creo que acerté a decir ‘muchas gracias por su llamada’ mientras la pistola que solía llevar conmigo se me caía de la mano en un charco de sangre.

Relato: ‘Hasta que la nicotina…”

Este fin de semana encontré este relato que había escrito como en el año 2000 o así y no había vuelto a saber de él, porque el papel donde lo imprimí se coló por la parte trasera del escritorio. Así pues, celebremos el reencuentro con su publicación:

HASTA QUE LA NICOTINA NOS SEPARE
“O yo o el tabaco, pero los dos no; piénsalo”.

Nunca le pareció bien que fumase tanto, incluso a veces teníamos discusiones por ello, pero creo que lo que le motivó a declarar semejante ultimatum fue el hecho de que el último cigarrillo del dia prendiese fuego a sus preciadas sábanas de seda.
El caso es que me dio a elegir entre el matrimonio o el tabaco, y sé que me va a ser muy difícil aprender a vivir sin él, pero parece que tendré que irme acostumbrando.
Por lo de pronto, voy diciéndoselo a todo el mundo, porque sé que así después me será más difícil dar marcha atrás a mi decisión.

Al llegar al trabajo el jefe me ha llamado a su despacho para comentarme unos asuntos de cara a la reunión del jueves, y ya de paso he aprovechado para cometarle mi determinación, pues es uno de esos jefes cotillas que quieren estar siempre informados de lo que ocurre en las vidas de sus empleados. Además, estoy seguro de que le encantará saberlo, porque siempre me estaba diciendo que la dependencia que tenía de él no era nada buena. Me ha recomendado que compre unos caramelos, “cómpreselos, a buen seguro que le harán un poco más llevadera la situación”.

Voy camino a casa. Es un poco más temprano de lo habitual, porque el jefe ha decidido que había que darme un ratito de respiro para celebrar “que se deshace usted de tan malsana ligadura”. Ya de paso, aprovecho para detenerme en una tienda de golosinas y salgo con dosmil pesetas menos en el bolsillo y dos bolsas que contienen pipas de girasol, maíz frito, dos docenas de chupa-chups, chicles de fresa, menta, clorofila, hierbabuena (¿cuál es la diferencia entre la menta, la clorofila y la hierbabuena?), regaliz, gominolas con forma de fresa, con forma de dedo, con forma de cerdito, caramelos rellenos de chicle, chicles rellenos de caramelo… Creo que la dependienta me ha mirado un poco raro mientras metía todo en bolsas. A lo mejor me he pasado.

Llego a casa. Al fin. Tanto peso me estaba destrozando los brazos. A lo mejor me viene bien apuntarme a un gimnasio.
Mi hijo Jorge sale a recibirme. Hola Jorge…¿qué tal el cole? ¡ Bien…!…anda, cuántos caramelos!! ¡Tú nunca me compras dulces!. Me asalta la voz de mi jefe “lo mejor es hacerlo sin rodeos”. Tiene razón. Sin rodeos. “Ya hijo, pero es que tengo que decirte una cosa”.

Tu padre y yo nos vamos a separar.

Cerremos la trilogía

Creo que después de haber compartido con vosotros los relatos ‘Agua’ y
‘Fuego’, era de justicia que os dejase tambi?n el que cierra la ‘trilogía’. Un saludo y mucha felicidad para todos.

TIERRA

El único día que se concedía de descanso era el domingo. Se levantaba temprano, preparaba un breve desayuno y tras limpiar sus uñas a conciencia como si Dios no quisiera saber nada de quienes trabajaban la tierra, se ponía la única ropa que tenía nombre de día de la semana y caminaba hasta la ermita donde un cura decía misa a toda prisa para poder llegar a su siguiente parada.

El sol de primera hora de la mañana en invierno, el vendaval de septiembre, las heladas y el agua habían dejado en su piel un aspecto gastado al tiempo que cercano y acogedor, como ese sillón desvencijado por el que todo el mundo se pelea. Mientras cavaba y arrancaba malas hierbas había ido viendo cómo la vida se escapaba del pueblo. Algunos habían marchado buscando otra vida mejor lejos de allí sin saber siquiera si existía, y otros muchos la habían encontrado en los últimos años sin buscarla ni pedirla y hasta sin tan siquiera creer en ella.

Un domingo de marzo a primera hora vio cómo cientos de pájaros nublaban el cielo volando hacia el norte. Se perdían tras el monte y dejaban atrás el valle. Cuando dejaron de pasar las bandadas de estorninos y gorriones, se puso a cavar con tristeza.

El cura esperó un buen rato antes de suponer que el único fiel que en los últimos meses había tenido ya no volvería e irse a decir misa a otra parte. En el pueblo ya solo quedó un hombre que se concentraba en lo que le quedaba, de lunes a domingo.

Otro relato

Como ultimamente me ha dado por escribir algo más, a veces hasta me apetece compartir alguno de los relatos. Este es para los que leeis el blog:



AGUA

Una ola se la llevó entre su espuma, mar adentro. El sol de última hora de la tarde me adormentó mientras el mar, traidor como siempre, se la llevaba de mi lado y luego me despertaba intentando ahogarme con su soga de agua. Habría sido mejor que lo hubiera conseguido para no tener que descubrir que ya no la tenía conmigo y ya no la tendría jamás.
Entre la incipiente penumbra intenté buscarla por el reflejo de sus ojos pero no fui capaz de encontrarla. Tampoco mis manos pudieron palpar su tacto, sino solo agua y arena. Pasé la noche de rodillas sobre ellas rebuscando y preguntándome para qué podría querer el mar aquel pelo negro, aquellos ojos brillantes y aquella piel, como no fuera para torturarme obligándome a vivir sólo de su recuerdo.
Por la mañana comprendí que él tampoco quería vivir solo de su recuerdo después de haberla visto y tocado una vez y había sido más fuerte, más habil y más inteligente -o tal vez solo más perseverante- que yo.
Abandon? la absurda esperanza de que cualquier casualidad milagrosa la hubiese llevado tierra adentro y me preparé para empezar a vivir sin ella. Aquella fotografía era lo único que me quedaba de ella y una ola se la llevó mar adentro entre su espuma.

De regalo de Navidad, un relato

Para todos aquellos que me pidieron en los últimos meses leer alguno de mis relatos, hoy me siento con ganas de mostrar uno. Concretamente el último. Os lo dejo antes de que me arrepienta…


FUEGO

Tenía en un cajón de su mesilla de noche una caja con velas, de esas pequeñitas con un fino envoltorio de metal plateado, y cada noche encendía una. Como en un ritual casi litúrgico, cada noche se metía en la cama y prendía una de las candelas con una cerilla que luego apagaba ahogando entre su índice y su pulgar. Estaban ligeramente perfumadas y de ellas salía un humo invisible que, como nadie lo podía ver, se colaba bajo las puertas inundando todas las estancias con un olor a rosas demasiado real para ser artificial y demasiado fresco para ser inerte. Más de una vez me desperté creyendo que dormía en un jardín de rosas coronadas por gotas de fino rocío.

No necesitaba despertador, pues cada mañana se despertaba cuando la llama que iluminaba apenas unos metros en torno a su mesilla se extinguía, y con ella las fantasmales sombras que provocaba. Tiraba entonces la vela consumida y se entregaba a las pocas labores de su solitaria vida hasta que a la noche, cuando ya el olor a rosa apenas sí se percibía, sacaba otra vela de la caja y le cedía durante una noche su lugar privilegiado en el centro del mueble sobre el que solo había permanentemente un viejo marco de plata con un retrato en blanco y negro.

Una mañana dejó de oler a rosas en el edificio. Busqué durante días por docenas de tiendas de toda la ciudad velas con olor a rosa, pero al prenderlas olian a fresa o, como mucho, a rosas machacadas. Me aseguraron que no sería capaz de encontrar velas ni aceites esenciales que oliesen a rosas frescas así que planté rosales en la terraza para poder disponer de ellas a diario y ahora vigilo que frente a esas dos tumbas la rosa esté siempre fresca y la llama, prendida.