¿Por qué pasan tan rápido los minutos estando contigo?

Aun puedo recordarlo. Lanzó esa pregunta al viento por primera vez durante una tarde de invierno, de aquellas en que afuera nevaba en grandes copos que parecía que fueran a echar a volar de nuevo hacia el cielo, de lo ligeros que caían.

“¿Por qué pasan tan rápido los minutos estando contigo?”.

El silencio por respuesta. Yo tampoco lo sabía.

Aun recuerdo el sabor del chocolate que tomábamos. La textura suave de la piel de sus manos. La expresión de feliz esperanza en sus ojos mientras lo preguntaba, que tantas veces habría de disfrutar. El griterío jubiloso de la pandilla de niños que jugaban afuera con la nieve. La música que sonaba, con sus acordes delicados de violín.

Podría recordar todos los detalles alrededor de cada momento de los muchos que nos hicimos la misma pregunta.
Hoy me preguntó por qué habían pasado tan rápido los últimos años, y supe que la respuesta era “porque estando contigo siempre quiero más”.

Y, sin pretenderlo, mi mente volvió a guardar como un tesoro cada una de las pequeñas cosas que construyen estos momentos de felicidad que parece breve pero, en realidad, ya es eterna.

Tempus fugit

R. podía escuchar en su cabeza el tiempo correr. No era el típico sonido rítmico, cadencioso, al que los relojes o los metrónomos han acostumbrado nuestros oídos que lo convierte en una sucesión de instantes aislados, sino un rumor continuo, a medio camino entre un zumbido y el ruido blanco que se escucha al acercar al oído una caracola.

Desde su infancia había convivido con ese murmullo imposible de asir, que se escapaba como lo haría la niebla y convertía continuamente el futuro en pasado. Muchas veces intentó silenciarlo, ilusionado con la idea de que eso le permitiría detener el tiempo, pero cuanto mayor era el silencio en que se sumía más intenso parecía el sonido.

Con los años se le fue haciendo más difícil tolerar aquel murmullo que parecía cada vez más amenazador. Puede que sonara con la misma intensidad de siempre, pero le resultaba más y más insoportable. Le resultaba difícil concentrarse en las cosas que antes le apasionaban, obsesionado con su presencia.

Hasta que un día consiguió detenerlo. Al contrario que en aquellas películas donde alguien tenía el poder de detener el tiempo y seguía interactuando con el mundo mientras lo demás a su alrededor permanecía estático, cuando consiguió silenciar su sonido el tiempo se detuvo solo para él, escapándose por las costuras que acababa de abrir en su cráneo.