Búsqueda

Un día reparó en que todos sus relatos hablaban de la búsqueda del amor.

Estaba presente en el que protagonizaba un gato, o aquel que contaba las andanzas de un escritor de microrrelatos que en una noche de insomnio crea a un hombre y una mujer.

Tal vez no lo hacía en primera persona, pero de repente le resultó evidente que todos ellos acababan por contar historias sobre la búsqueda del amor.

Y fue en ese momento que descubrió que su búsqueda había terminado. Había encontrado a su escritor.

Guerra y Paz

En la torpe pero inquieta imaginación del escritor las palabras se van armando en un ejército virulento de orden aparentemente trivial que, sin embargo, resulta ser mucho más organizado y amenazador si se paladea con atención.

Toma el metal y decide enfrentarse a ellas en solitario -¿acaso puede contar con alguien más en tan ingrata labor?-. No puede acabar con ellas sin poner en riesgo su propia vida y Dios sabe cuántas cosas más, pero quizás si alejar su asedio, repeler el ataque.

Una a una las expulsa hasta quedar exhausto él y agotada la munición, aun dudando si ha conseguido una pírrica victoria o tan solo arrancado una tregua.
Ya no le parecen, no obstante, tan peligrosas aunque no puede dejar de compadecerse de aquellos que no sean capaces de luchar contra ellas si les asedian ahora que él las ha liberado.

Piensa que tal vez debiera rezar algo por esa gente; más importante aún, también comprar tinta. Nunca se sabe cuándo pueden volver y, al fin y al cabo, él no deja de ser un mercenario.

Relato: El tendero

En la parte vieja de la ciudad, entre un par de bares que pocos turistas se aventuraban a visitar, había una tienducha casi invisible donde un viejo vendía poemas. Era un local pequeño y en permanente penumbra, donde el poeta rumiaba sus versos y los plasmaba en unos papeles de textura rugosa con una pluma de aspecto vetusto pero de porte recio, que manejaba con una asombrosa facilidad y precisión, con trazos limpios y redondeados en una caligrafía que seguía unos renglones caprichosos, casi desordenados.

Le visitaban a menudo jóvenes estudiantes que, por vanidad o por admiración, gustaban de curiosear por entre los pliegos amarillentos y, si se dejaba, compartir algunos minutos de charla con él. Luego, escogían uno de los papeles y preguntaban “¿Qué le debo?”, lo que desencadenaba otra pregunta invariable “¿Qué te llevas?”.
Y el cliente se acercaba entonces hasta la puerta principal para alcanzar la luz suficiente como para distinguir las palabras, procediendo entonces a recitar uno tras otro sus propios versos al viejo, que los escuchaba con decidida atención.
Cuando se hacía de nuevo el silencio, ponía sin pensarlo un precio que nadie osaba discutir y que las más de las veces no podía ser pagado en el momento: dos cigarros, un bote de tinta, media docena de claveles…

El anciano no gustaba de grandilocuencias ni artificios; incluso una vez llegó a expulsar de su reducto, verdaderamente enfadado, a uno de aquellos chicos que se dirigió a él como “amado e imponderado vate”. Todo lo que hacía era coger un pliego y una pluma y escribir palabras que, eventualmente, alguíen podía recuperar y leerle y así, descubrírselas justo antes de marchar con ellas para siempre.

Quizás todos los que quisieran ser llamados poetas debieran ser ciegos y vivir en penumbra como aquel tendero.

Relato: Selectiva

Sentado en el coche, aparcado en una calle vacía, a medianoche, me sobrevino un pensamiento fugaz acerca del tamaño de las cosas.
No soy capaz de recordar el razonamiento con detalle -desapareció más rápido que vino, como si hubiera sido más una ráfaga de alguna mente brillante que entrara por error en la mía durante un instante-, tan solo la temática y la sensación de que aquella idea era tan profundamente verdadera, de tal precisión que el miedo de aceptar el nuevo paradigma era eclipsado y superado por la certeza de comprenderlo.

Puedo reproducir con total precisión cada detalle de aquel instante; el tono anaranjado -propio de las noches urbanas-, el tacto de la piel del volante del coche, el olor del agua caída sobre el asfalto y sobre la vegetación que resistía en el pequeño parquecito de mi derecha.

Recuerdo la melodía hipnótica de la canción que sonaba en la radio, la textura grave y el tono entre desganado y sosegante de la voz del locutor que me la descubrió. También el andar orgulloso de un gato que cruzó en ese momento la calzada y se perdió tras un coche negro rumbo al parque.
Cada uno de esos detalles que atravesaban mis sentidos en ese instante permanece indeleble y vívido, como una secuencia que pudiera explorar una y otra vez.

Todos, excepto la idea que los fijó. A veces creo que nunca existió, y que aquella sensación de haberlo entendido todo solo fue una trampa para obligarme a recordar todo lo demás.