Historias cotidianas: en otro tiempo en otro lugar

Salgo a dar un paseo por el centro a esa hora en que el buen tiempo y los días largos hacen posible que se crucen por la calle quienes cierran sus comercios -alguno quizás pensando cuántas veces más podrá abrirlo-, los que cargan a sus destartaladas furgonetas el papel que pueden encontrar en los contenedores azules, adolescentes con sus botellas en bolsas de plástico y quienes salen a disfrutar de la temperatura más agradable haciendo deporte, compartiendo paseo con su perro o mirando la vida pasar en una terraza.

Se escucha música a lo lejos. Apagada primero pero más clara y detallada a cada paso en cuanto enfilo la calle Doctor Casal donde un hombre extiende sobre una tela copias de los últimos estrenos de cine colocando la mercancía de forma cuidadosa y paciente a pesar de que seguramente, cual Sísifo moderno, pronto se verá obligado a recomenzar.
Van pasando escaparates a mis lados -perfumerías y tiendas de ropa-, me cruzo algunas personas con bolsas del centro comercial cercano, un niño llora, alguien reparte publicidad y dos mujeres se saludan con desgana mientras me acerco cada vez más a la música.

Un poco más abajo de la iglesia de San Juan el Real un acordeonista interpreta una pieza de sabor melancólico. Con la piel envejecida por el sol, mirando a los paseantes con una profesional sonrisa (“que tenga un buen día”, parece querer decir) y otro viejo acordeón -aparte del que toca ahora- descansando junto a su asiento, la melodía que toca me resulta extrañamente familiar aunque no logro identificarla.

Sin embargo, me eriza el vello y repentinamente toda la calle parece haberse convertido en otra. De pronto, emborrachado por las notas, recuerdo con todo detalle haber escuchado esa canción en una ciudad donde nunca he estado.

Historias cotidianas: “Para Pilar”

Celebro con los amigos que nos hacemos viejos. Tanto pasarnos la vida repudiando la vejez, combatiendo contra el tiempo, que de vez en cuando es bueno celebrar que siga fluyendo en el mismo sentido. Recordar que, en el fondo, disfrutamos un poco haciéndonos viejos, aunque sigamos sin entender el mundo ni tener la fórmula secreta y la nostalgia nos diga que tal vez la tuvimos y la olvidamos.

Una amiga me regala dos novelas de Paul Auster, el escritor de, entre otras cosas, el azar y la casualidad (o uno de ellos) que siempre acaba sorprendiéndome, emocionándome y dejándome una sensación de haber presenciado la magia con que ocurren las cosas pero no ser capaz de explicarla, a veces lucidez y a veces desconcierto. La primera, ‘El Cuaderno Rojo’ se abre con un prólogo de Justo Navarro que menciona precisamente el azar y la casualidad: “el mundo es un misterio azaroso”. Abro la segunda novela, ‘Un hombre en la oscuridad’. Entre la portada y la guarda un innecesario ticket regalo “por si acaso”. Dos hojas después, me sorprende algo escrito en tinta negra.
Tal vez mi amiga lo haya dedicado -a veces pido que quien me regala un libro me deje en él un recuerdo-. Pero lo que hay escrito con esa tinta de inconfundible negro no es para mí.

Allí pone claramente, “Para Pilar”. Pienso que tal vez mi amiga se haya equivocado de libro y ese estuviese destinado a otra persona. Pero la firma que hay debajo tampoco es la de mi amiga. Todo es muy raro.

Pienso en cómo puede haber acabado ese libro en mis manos. En quién será Pilar. Entonces recuerdo en qué día estoy.
12 de octubre de 2011. Cumplo 30 años. Como todos los años se encarga de recordarme alguien que dice “si hubieras sido chica, está claro como te llamarías “, hoy es el día del Pilar. Todo es aún más raro.

Me fijo más en la firma. Ahora tengo dudas sobre si ha sido estampada o no con una Mont-Blanc, pero no respecto a quién lo hizo. Lo pone claramente, pero me había obcecado buscando a Pilar: Paul Auster.

Hijo de puta. Lo ha vuelto a hacer. Lucidez y desconcierto. Magia

Historias cotidianas: borracho

?Conduciendo sin rumbo, acabo parando en Mondoñedo y dirigiéndome a la cafetería de ‘O Rei das Tartas’, una terraza a los pies de la catedral con unos comodísimos sillones de mimbre que invitan a relajarse allí un buen rato.  Me pido un café con leche y un gofre con helado de turrón que toca atacar con premura porque el calor del gofre recién preparado y el del ambiente lo están haciendo desaparecer licuado por el platito.

Es lunes. Por tanto festivo en la villa de Mondoñedo, como en muchos otros pueblos gallegos que sirven de cabecera de comarca donde tradicionalmente se abría los domingos para que la gente que bajaba a misa hiciese sus compras.  También es resaca de fiestas.  Así que todo atisbo de vida que se pueda ver paseando por el centro está en los bares. Mientras venía caminando hasta el centro pasé por delante de uno que, por el griterio y la música, parecía agrupar a la juventud mindoniense, y donde algunos parecían estar prolongando aun la noche de fiesta -acaban de dar las cinco de la tarde- cacharro en mano. 
Desde allí y hasta la plaza de la Catedral, dos o tres de ellos han ido siguiendo más o menos mi rumbo.  He escuchado sus cánticos y sus declaraciones de amistad eterna a lo lejos, sus encuentros con otros vecinos más serenos que han salido a tomar un cafecito y, ya sentado con mi gofre, les escucho aparecer por el mismo acceso a la Plaza que yo lo hice un poco antes.

Mientras tanto, de la Catedral salen dos hombres y un joven.  Los dos primeros visten de negro y alzacuellos, el más joven de los dos debe rondar los cincuenta años, el otro es bastante más mayor.  El chico, que rondará los veinte años, viste unos vaqueros con cinturón y camisa de cuadros perfectamente planchada; lleva el pelo muy corto y repeinado con gel que lo hace parecer recién mojado.  Se sientan con calma dos mesas más abajo de la mía y piden unos refrescos.

El más hiperactivo de los borrachos ya ha alcanzado la puerta de la cafetería. Aparca en una mesa libre el cacharro que le sirve de compañía y entra a ‘saludar’ a las camareras.  Parece que han quedado con alguien que les llevará en un coche que está esperando escaleras abajo, en la plaza. Cuando sale, pega un último sorbo al contenido de su vaso antes de abandonarlo definitivamente para subirse al coche con sus amigos de juerga.
Se fija en la mesa de los alzacuellos y queda claro que no le gustan.  Le oigo murmurar algo mientras pasa por mi lado.

Al tiempo que se sube en el coche, y por la ventanilla abierta mientras este arranca y abandona la plaza el murmuro se ha convertido en grito dirigido a la mesa con los refrescos: “Traballade, ¿Por qué non traballais?” “Namais que pedís, TRABALLADE, FOLGAZAIS”.

Se hace un momentáneo silencio en la terraza.  Miro dos mesas más abajo y el chico del pelo engominado y cara de bueno justo está regresando del interior de pagar las consumiciones.  Siguen charlando de sus cosas como si nada, pero a mi se me ha escapado una sonrisa.  Me venía haciendo falta.

Historias cotidianas: Anónima

Con el pelo cayendo sobre los hombros y una cuidada pose de descuido, todo en ella parecía estudiado y a la vez enormemente casual. La forma en que tomaba el vaso que contenía su cerveza, o cómo recogía un cacahuete y lo llevaba distraída a la boca mientras escuchaba con atención a sus amigos.

La apariencia despistada, de magnífica ausencia, que costaba creer pues en cualquier momento podría despertar de su aparente sueño y emerger de él con el comentario más acertado.  También le costaba mantener sus manos quietas: sacudía la sal del cacahuete de la punta de sus dedos, se apretaba el labio inferior con el pulgar, se enrollaba un mechón de pelo en torno al índice.

Cómo abría los ojos cuando le contaban algo interesante, la enigmática sonrisa cuando no quería hablar más, el rubor cuando se convertía en el centro de la conversación…

Creo que si en lugar de irme hubiese seguido allí otros diez minutos, hubiese sido capaz de adivinar hasta su nombre.  Hubiese sido un buen truco de ¿magia?.

Encontrando diamantes en sueños

El otro día soñé con un niño que jugaba por una cantera. En una serie de recipientes se iban almacenando consecutivamente los diferentes materiales según su calibre. Arena, gravilla, grava, y así cada vez un poco más grande.
Pero el niño reparó en el que había depositadas unas pocas -quizás un par- piezas más grandes, irregulares, del tamaño de un puño, cual una granadina oscura.
Y, efectivamente, aquellas piezas parecían estar compuestas de otras más pequeñas, con una carcasa exterior que las envolvía.  Así, el niño se dedicó a abrir una de ellas para comprobar que el interior contenía otras piedras de color negro, pequeñas y mucho más regulares, que el chaval fue desgranando. En el corazón de aquella pieza, sin embargo, la última piedrecilla no era negra, sino traslúcida, y en su centro, un brillo especial le dijo a su intuición que aquello era un diamante.

¡Un diamante! ¡Había encontrado un diamante en aquella cantera!. El niño apretó fuertemente aquella piedra preciosa deseoso de contar su hallazgo a alguien, cuando un adulto apareció tras suyo, reprendiéndole por haber convertido una de aquellas escasas piezas grandes, en un montón de pequeñas piedras, como las que tanto abundaban en el contenedor de al lado.

El niño apenas escuchó los gritos, sino que exclamó emocionado “¡un diamante!¡mira, he encontrado un diamante!” mientras extendía la mano abierta, con su piedrecilla en la palma, hacia un adulto que, si le escuchó, no le hizo ningún caso y se marchó de nuevo dejándole solo con su diamante.  Porque aquella piedra tan bonita solo podía ser un valioso diamante.

Poco después, apareció otro hombre, quien dijo al chico que le habían contado que había encontrado una piedra muy bonita, que parecía un diamante y que, aunque seguramente no lo fuese, se la podía cambiar por unas cuantas monedas.  El chaval, un poco desconcertado, le respondió que prefería quedarse con *SU* piedra. Tal vez no valía nada pero a él le gustaba, era bonita y después de haber estado jugando con ella un rato, la apreciaba aun más. Volvió a apretarla en su mano, muy fuerte…

Más o menos ahí fue cuando me desperté.  Entonces tuve la sensación de que mi inconsciente había tejido esa fábula mientras dormía para decirme algo.

Historias cotidianas: vértigo

Bajo al bar con el portatil. Suelo hacerlo un par de veces a la semana, porque tiene wifi y, paradojicamente, me proporciona cierta sensación de ‘desconexión’ salir a la calle y tomarme algo mientras escribo, leo, hablo con los amigos que están lejos o me descargo alguna cosa.

A veces el bar está vacío y el dueño me cuenta sus desventuras con esta crisis e intercambiamos opiniones. Es un local acogedor y con un toque, como diría aquel profesor de literatura, bohemio.
Pese a que juega el Sporting de Gijón (¿o tal vez por ello?), el local está de nuevo vacío. Entra un hombre regordete, con un rostro entre bonachón y niño travieso al que es dificil adjudicar una edad aproximada -cierto es que a mí eso se me da muy mal- y pide un té.

Poco después se dirige al baño; a la vuelta, pasa a mi lado y repara en el portatil sobre el que tecleo. Exclama: “uy, vaya cacharrín tienes ahí” y luego me pregunta si pesa mucho. Se lo ofrezco para que lo sopese en sus manos y me lo devuelve maravillado.
Luego, me explica que él es un informático “de los de la primera generación”, que ha trabajado haciendo programas para empresas. Como yo le doy pie, me habla de aquellos tiempos de tarjetas perforadas, de cintas y de los ya más modernos diskettes de 5,25″ y comentamos lo rápido que ha avanzado el sector, con tantas tecnologías superadas una y otra vez.

Antes de volver a su mesa, me pregunta si podría mirar su e-mail desde allí y le abro una sesión segura en el IE. Pero termina dejandolo por imposible. Además de que no se ha traído las gafas, y de la incomodidad de usar el trackpad del portatil, me reconoce que ya no se entiende con estos aparatos. Se le ve claramente perdido en un mundo en el que probablemente un día, hace no tanto, él fue toda una avanzadilla de la vanguardia.

Y yo, una vez más siento vértigo. El vértigo de este mundo cruel donde, como cantaba Mario Fueyo (AKA: DarklaEme), si te quedas quieto, te extingues.

Historias cotidianas: hastío (o las cosas importantes)

A E. cada día le veo más apagado. Paso de cuando en cuando por la empresa donde trabaja y, aunque pocas veces es a él a quien voy a visitar, casi siempre me tropiezo con él y en cada ocasión me parece que su ánimo ha bajado otro pequeño escalón.
Cuando pronuncio su nombre para saludarle, detecto el cambio de su expresión de ausente a preocupado. Supongo que intuye algún problema nuevo -¡otro más!-. Y cuando a continuación alejo la ‘amenaza’ con un sincero interés: “¿cómo lo llevas?”, él, siempre amable, me responde con su expresión y sonrisa melancólica que ha tenido días mejores. Las palabras no las escucho, tal vez mientan; es de esperar en un mundo donde la tristeza es de débiles. Y ser débil es malo, has de ser fuerte, dicen.

Si la jornada se alarga, la oficina se va quedando vacía y, cuando yo me voy, me acerco a su despacho a saludarle y tal vez intercambiamos algunas palabras. En el armario que hay a su lado, cuelga una foto de una niña que juega con un perro y ríe divertida y despreocupada hasta el punto de que consigue de algún modo transmitir parte de esa actitud cuando la miras. Al lado, la misma niña en la fotocopia de una noticia de un periódico. Ha ganado un premio.

Le digo “deja algo para mañana, que eres el último” y él me responde “siempre, en todo”.
Mientras conduzco camino a casa pienso que me gustaría invitarle a una caña y explicarle que no debe dejar escapar las cosas importantes, que no debe callarse por no incomodar, ni hacer siempre lo que todos esperan, que se sienta orgulloso de ser Él, y luego pienso en qué clase de autoridad me asiste para semejante cosa.

Cuando llego a casa, me siento en el escritorio y me quedo mirando fijamente el poster que colgué en la pared. Sobre un fondo de color, grandes letras que ponen “YOU ARE NOT THE SAME”.

Siempre me ha parecido curioso que en inglés se use el mismo pronombre para la segunda persona del singular y del plural…

Historias cotidianas con final feliz: la espera y el truco

Frente a la puerta del supermercado, un perrillo espera impaciente. Una puerta automática de cristal separa la oscuridad que empieza a haber fuera, de la potente luz blanca del interior.
Alguien le habrá dicho que espere fuera mientras hace una compra rápida y el animal, menudito y peludo, ha acatado la orden pero no puede disimular su prisa y su desconcierto por estar ahí solo y parece dar saltitos cargando el peso de una pata a otra, moviéndose nervioso. Uno de estos movimientos es captado por el detector de la puerta, que se abre de par en par.
Sorprendido, el can se queda mirando fíjamente al interior de la tienda. La puerta se ha abierto, tal vez quiera eso decir que debe entrar a buscar a su amigo. Pero, por otro lado, tiene órdenes de esperar en la puerta, ya que a la gente no parece gustarle que los perros entren en algunos sitios.

Tímidamente, da un pasito adelante, tanteando el terreno. Nadie dice nada. Se anima a dar otro pasito que le deja justo en el umbral de la puerta, la cual ya no detecta tan pequeña presencia y emprende el camino de cerrarse. El perrillo no es capaz de reaccionar suficientemente rápido (“¿avanzo o retrocedo?”) y es sorprendido en medio de las dos hojas de la puerta que, al tocarle, vuelven a abrirse.
Tal vez agradeciendo la ¿suerte? de haber sido salvado de tan diabólico mecanismo en el último momento, el perrillo retrocede los dos pasitos avanzados y se sienta en su lugar original. Llegan más personas al supermercado, y la puerta se abre a su paso, pero ya no intentará volver a entrar. Tal vez si su amigo tarda mucho, tenga que retar a esa trampa con su velocidad y entrar a buscarle al lugar prohibido, pero por el momento permanecerá sentado.

Solo unos segundos más tarde un chico aparece por el otro lado de la puerta, que también se abre a su paso cerrándose al poco tras él. Los dos amigos se reciben con júbilo y marchan calle abajo, camino del parque.

Y a mi se me escapa una sonrisa de complicidad cuando el perrillo pasa a mi lado y me mira aun desconcertado pero feliz. Algún día entenderá el truco y yo también.