Pretérito perfecto simple

La física es una ciencia caprichosa. Lo aprendí de un sastre enjuto, permanentemente encorvado en torno a la aguja que sostenía en su mano, con sus gafas a punto de rozar el tejido. Mientras cruzaba la tela con aquel metal afilado seguido de su larga estela iba enunciando para sí frases de origen desconocido, algunas de las cuales destilaban una sabiduría elevada.
Se intercalaban con chascarrillos ocurrentes, juegos de palabras o pronósticos sobre la meteorología basados en las señales emitidas por sus huesos. Entre todos ellos emergían sin previo aviso proposiciones nada triviales, tal que si en lugar de pasar los últimos sesenta años blandiendo una aguja sobre telas, a los ojos de cualquiera bastante aburridas, se hubiese dedicado todo ese tiempo a coser el conocimiento del mundo.
Él mismo insinuó tal posibilidad en cierta ocasión. “Los trajes de los hombres, con el uso, se adaptan a sus formas y se impregnan hasta de su olor; ¿por qué no habían de hacerlo con sus miedos, ambiciones y hasta su conocimiento?” dijo, antes de declamar un fragmento de una vieja obra de teatro.
Le vi rechazar más de un encargo aduciendo razones peregrinas que, intuyo, guardaban relación con alguna característica transmitida del dueño a su prenda, con la cual no estaba dispuesto a enfrentarse.

Un buen día apareció en el taller un hombre de pelo blanco pero rostro juvenil, vestido con un elegante traje negro de corte italiano. Camisa blanca y corbata de seda color perla. Con una expresión de serena tranquilidad en su rostro pidió que le ajustasen el traje, dando precisas instrucciones para ajustarlo a las medidas de alguien un poco más menudo que él. Retiró de los bolsillos de pantalón y chaqueta varios puñados de lo que parecían unas extrañas monedas de metal pesadas que cargó, sin soltarlas en ningún momento, en una bolsita de tela blanca, y se marchó del taller ataviado solo con calzón y camiseta.

El traje negro, de una lana ligerísima y suave permaneció sobre una mesa del taller durante varias semanas. De cuando en cuando, pasaba su mano sobre la tela y, como hablándole a la prenda decía “pronto será tu turno”.

Su turno llegó a primera hora de la mañana de un viernes. Cuando llegué al taller encontré el traje perfectamente ajustado y vestido en su cuerpo inerte. Íbamos a enterrarle desnudo y prender fuego al traje, pero finalmente le dimos sepultura vestido con él y una aguja enhebrada en el bolsillo por si quería volver.