Historias cotidianas: borracho

?Conduciendo sin rumbo, acabo parando en Mondoñedo y dirigiéndome a la cafetería de ‘O Rei das Tartas’, una terraza a los pies de la catedral con unos comodísimos sillones de mimbre que invitan a relajarse allí un buen rato.  Me pido un café con leche y un gofre con helado de turrón que toca atacar con premura porque el calor del gofre recién preparado y el del ambiente lo están haciendo desaparecer licuado por el platito.

Es lunes. Por tanto festivo en la villa de Mondoñedo, como en muchos otros pueblos gallegos que sirven de cabecera de comarca donde tradicionalmente se abría los domingos para que la gente que bajaba a misa hiciese sus compras.  También es resaca de fiestas.  Así que todo atisbo de vida que se pueda ver paseando por el centro está en los bares. Mientras venía caminando hasta el centro pasé por delante de uno que, por el griterio y la música, parecía agrupar a la juventud mindoniense, y donde algunos parecían estar prolongando aun la noche de fiesta -acaban de dar las cinco de la tarde- cacharro en mano. 
Desde allí y hasta la plaza de la Catedral, dos o tres de ellos han ido siguiendo más o menos mi rumbo.  He escuchado sus cánticos y sus declaraciones de amistad eterna a lo lejos, sus encuentros con otros vecinos más serenos que han salido a tomar un cafecito y, ya sentado con mi gofre, les escucho aparecer por el mismo acceso a la Plaza que yo lo hice un poco antes.

Mientras tanto, de la Catedral salen dos hombres y un joven.  Los dos primeros visten de negro y alzacuellos, el más joven de los dos debe rondar los cincuenta años, el otro es bastante más mayor.  El chico, que rondará los veinte años, viste unos vaqueros con cinturón y camisa de cuadros perfectamente planchada; lleva el pelo muy corto y repeinado con gel que lo hace parecer recién mojado.  Se sientan con calma dos mesas más abajo de la mía y piden unos refrescos.

El más hiperactivo de los borrachos ya ha alcanzado la puerta de la cafetería. Aparca en una mesa libre el cacharro que le sirve de compañía y entra a ‘saludar’ a las camareras.  Parece que han quedado con alguien que les llevará en un coche que está esperando escaleras abajo, en la plaza. Cuando sale, pega un último sorbo al contenido de su vaso antes de abandonarlo definitivamente para subirse al coche con sus amigos de juerga.
Se fija en la mesa de los alzacuellos y queda claro que no le gustan.  Le oigo murmurar algo mientras pasa por mi lado.

Al tiempo que se sube en el coche, y por la ventanilla abierta mientras este arranca y abandona la plaza el murmuro se ha convertido en grito dirigido a la mesa con los refrescos: «Traballade, ¿Por qué non traballais?» «Namais que pedís, TRABALLADE, FOLGAZAIS».

Se hace un momentáneo silencio en la terraza.  Miro dos mesas más abajo y el chico del pelo engominado y cara de bueno justo está regresando del interior de pagar las consumiciones.  Siguen charlando de sus cosas como si nada, pero a mi se me ha escapado una sonrisa.  Me venía haciendo falta.