Fragmentos (B.3)

[…]esa canción.

Al fin rompió el silencio –porque los ruidos que hace uno en soledad nunca son tales, sino que forman parte inseparable del ser, como un aura inaudible- el giro de una llave en la puerta.

Un sonido denso y hueco, rematado con dos golpeteos secos, uno por cada vuelta completada. El tintineo inmediatamente anterior a caer sobre un cestito de mimbre en la rinconera. Alejandro se detuvo apenas unos pasos después, escrutando el salón de la forma que lo haría alguien que quisiera comprobar si todo estaba dispuesto tal cual lo había dejado, buscando algún cambio o alguna presencia que trastocase el orden acostumbrado.

Por el hueco que mi presencia tras el balcón dejaba abierto entre las dos cortinas entraba un caño de sol trazando una línea recta hasta su cuerpo.
La noche anterior le había visto cambiado: un poco más delgado, con un aspecto descuidado y cansado que atribuí a los kilómetros al volante. Cuando llegamos yo tampoco debía tener muy buena cara, él me preguntó si tenía hambre y cuando le confirmé que había comido algo durante el viaje pareció liberarse de un pequeño peso y dedujo que seguramente tendría ganas de descansar. “Pasa buena noche. Nos vemos mañana”.

Y bajo la luz de esa mañana apuntándole directamente entendí que aunque se le parecía, no tenía delante al mismo Alejandro de antes. No se me ocultaba que la gente cambia con el tiempo y nadie es inmune a su paso; engordamos o adelgazamos, renovamos gustos y estilo, aprendemos y olvidamos y todo ello va dejando rastro en cada uno. Si ya hubiera sido osado pretender encontrar a Alejandro igual al borde de los treinta que con veintitrés, más aun después de tantos países recorridos y tantas fotografías. No sorprendía que se adivinasen algunas canas en su pelo descuidado, antes siempre invariablemente corto, tampoco su tono de piel cetrino, de bronceado indeleble, delatando las horas vividas a la intemperie o la cicatriz que arrancaba en su mentón y seguía el borde de la mandíbula hasta perderse por la esquina derecha tras su rostro. No eran más que muestras del paso de la vida. Pero tras todo ello había algo más profundo que no había sido capaz de apreciar hasta ese preciso momento. De repente descubrí las huellas del insomnio, el gesto de la derrota, la postura del vapuleado en lo más hondo, y entendí que su postal era el siguiente paso tras haber intentado inútilmente lidiar por su cuenta con las brasas a punto de calcinarle, el lamento, la mano alzada pidiendo ayuda.

Supe entonces que había llegado el momento de saber por qué me había llamado Alejandro. Se dejó caer rendido en el mismo sofá donde yo había pasado la noche y con la mirada perdida más allá de las paredes de aquel salón pronunció la frase que resumía toda su angustia, el vacío y la pérdida: “Ya no puedo sacar fotos”.