Fragmentos (D.1)

Volvemos.

[…]»Bienvenida, Lucía»

Una frase pronunciada por Alejandro la última vez que nos vimos viene a mi cabeza: «la ignorancia es el mejor estado del hombre».

Veo pasar por la calle a tantos individuos perdidos en ensoñaciones, preocupaciones, sospechas, aspiraciones, duelos, preparativos, júbilos y desengaños sin poder evitar rumiar esa afirmación de nuevo.
Entonces no pasaba de ser otra más de tantas reflexiones lanzadas al vuelo, de esas que sin embargo se enquistan en alguna parte de la memoria esperando un momento idóneo para despertar tiempo después.

Ahora me obsesiona. Seguramente no haya nada intrínsecamente malo en el conocimiento, tan solo sea el egoísmo natural del ser humano el que empuja a algunas personas hacia un deseo de comprensión total, de alcanzar a ver más allá de lo que se les ha mostrado. Son los niños maravillados con el funcionamiento en apariencia milagroso de algún artilugio que lo desmontan cuidadosamente en su afán por entenderlo. Una vez reunidas todas sus piezas encima de la mesa, podrá ocurrir que el proceso seguido para desmembrarlo y la visualización separada de cada componente, efectivamente, le haya permitido desentrañar el misterio perdiendo para siempre el interés en el mecanismo y en el propio objeto, o tan solo haya conseguido sumar a su frustración un buen número de cachivaches que apenas podrá volver a recomponer, si es que siquiera lo intenta.

De la tarde en que llegué a Buenos Aires y los días posteriores quedaron grabados, más que el bullicio de sus calles, los edificios o la música, la forma en que todo ello remitía a las páginas dejadas por Alejandro. También cómo destacaba el otoño recién llegado. Siempre me había gustado el otoño, con sus tardes serenas, de tonos ocres y la brisa cálida que precedía a la caída de las primeras hojas. Por eso descubrir aquel otoño apacible como continuación de un invierno frío, casi gélido, como el que aun bien no había terminado en Brujas, se me presentó como una especie de revelación mística. Unas cuantas horas en un avión habían servido para alterar el orden en que discurrían las estaciones, ocurriéndoseme de súbito que sería posible vivir en un otoño –o verano, quizás primavera o invierno- permanente solo moviéndose de norte a sur y viceversa. Paradójicamente, poco después habría de conocer a alguien que migraba de esa forma, como los pájaros cuyo vuelo perfecto me hipnotizaba durante horas siendo un chiquillo; también descubriría que el propio Alejandro había estado haciéndolo durante algún tiempo.

Me registré en un hotel cercano a Corrientes, convencido de que era el que habitaba en las páginas que llevaba conmigo. Ciertamente, el porte suntuoso del interior venido a menos y hasta el color de la moqueta coincidían con la descripción, incluso los gestos exageradamente corteses del mozo –aunque ya entrado en años- de recepción estaban ya escritos y se me exponían como una constatación, acaso un recuerdo, más que como un descubrimiento.

Lucía se había quedado un par de semanas después de su llegada en la casa de Brujas. Como ninguno de los dos se sentía cómodo durmiendo en la cama y el cuarto de Alejandro, que mantuvimos intacto, yo seguí pasando las noches en el sofá del salón -que ya había hecho mío- y ella lo hacía en un extraño sillón convertible en estrecha cama que había en el estudio. Rodeada de fotografías, de diapositivas y de manuscritos, fue ella quien una noche de insomnio –sospecho que eran frecuentes- encontró el borrador de la novela que comenzaba, cómo no, en Argentina. En aquellas calles por donde se cruzaban personas que habían aprendido a ignorar, los escaparates, los comercios cerrados, los mendigos que solicitaban caridad conscientes de que nadie les prestaba atención, los atronadores ululares de las ambulancias, el resto de viandantes. Todos parecían ajenos a todo, con una indiferencia que si la observabas no era más que otra costumbre; tan solo habría que dar con la frase o el sonido correcto para despertar a aquella gente, y que la joven del vaporoso vestido blanco mudase su expresión de prisa en otra de desconcierto y preguntase a aquel hombre canoso que predica la verdadera salvación de las almas desde la esquina qué es lo que ocurre.
Ocurre, como siempre, tanto o tan poco como cada uno quiera creer. Un hombre acaba de cruzar la calzada sin inmutarse ni observar cuidado alguno con los vehículos para, con paso firme, dirigirse hacia el rincón que ocupa el supuesto redentor. Los conductores de los automóviles reanudaron la marcha apenas lo sortearon, jurando y maldiciendo a tanto loco, y solo alguno de quienes aborrataban la acera llegaría a verles estrechándose la mano. Yo, entretanto, convertido en un espectador con ojos ajenos, en polizón de la historia de un muerto, aproveché el cordial apretón para presentarme: “creo que tiene usted algo para mí”.