Fragmentos (C.1)

[…]Alejandro había muerto.

Pequeños montones de papel se apilaban sobre el escritorio y a sus pies esperando turno impasibles como un inmenso pelotón sin rostro en el que cualquiera de sus miembros podía ser llamado en cualquier momento. Una señal, una elección caprichosa, –“¡tú, vente conmigo!” decidía el orden en que eran convocados, ciertamente irrelevante en tanto en cuanto todos estaban condenados a seguir el mismo camino.

¿Qué parte de la vida de un hombre podríamos llegar a conocer hurgando entre sus papeles? No sé si nos haríamos una idea más precisa que preguntando a sus amigos, a su familia o a su amante, en caso que los tuviera. En cualquiera de los casos obtendremos solo palabras, crudas y vanas, el material con que se traduce la compleja fórmula de lo que ocurre en el mundo. A partir de ahí, el gran problema reside en distinguir cuáles de todas esas palabras son relevantes, arrancarlas de entre las que definen y abarcan los matices de cada vivencia, extraer al hombre de las profundidades de sus propias palabras, de sus actos, de sus recuerdos y de los de quienes le conocieron para arraigarlo definitivamente a la historia del mundo. Para entenderlo, para encontrar la fórmula única que traduce sus actos.

No hubo cuerpo, no hubo autopsia, ni entierro. No hubo flores ni amigos glosando sus virtudes. Tan solo una repentina ausencia, lejana y velada que, como la caballería que coceara a Funes recluyéndolo en la maldición de recordar cada pequeño detalle de lo que pasaba frente a sí, me empujó a querer reconstruir a Alejandro.

Unas semanas después de mi primera visita, regresé a Brujas. Volví a aquel apartamento con el corazón encogido y la zozobra punzándome el vientre. En aquella segunda ocasión iba tras la memoria de Alejandro. Tras los fragmentos que me esperaban en los montones de papel que se desperdigaban por el estudio, entre los libros, colgados de las paredes, entre la comida que empezaba a pudrirse en la nevera, en su listín telefónico de tapas rojas. Allí estaba lo que había matado a Alejandro y allí me llevaban al mismo tiempo el azar y las entrañas.