Fragmentos (B.8)

[…]nada de nada.

El regreso a casa me dejó apagado, todas las sensaciones que habían aparecido en la ida se esfumaron en la vuelta. Encontrarme a punto de regresar a mi rutina no hizo más que avivar mi preocupación por Alejandro y arrastrarme a una tolvanera de pensamientos revueltos acerca de la importancia de las cosas. En apenas dos días, en la casa que Alejandro guardaba al misterioso Frank, la naturaleza de mi preocupación había cambiado.

Era como si repentinamente hubiera descubierto un vínculo oculto que reordenaba las prioridades. Empezaba a angustiarme la situación de Alejandro tanto o más que antes lo había hecho la mía.

Volví al trabajo el martes dando vueltas a las conversaciones con Alejandro, a sus gestos, enfrentando al que había visto aquel fin de semana con el de años atrás. Dediqué un buen rato a escribirle, intentando evitar un optimismo vano que tampoco podía hacer mío.
Al día siguiente tenía una respuesta suya, una larga diatriba enviada de madrugada que enlazaba con algunas de las frases que yo había escrito. Volví a emplear un buen rato de la mañana en responderle y a partir de entonces aquel mensaje diario se convirtió en un rito, un pacto tácito cuyos envíos se interrumpían los fines de semana.

Había algo especial en cada uno de los mensajes que intercambiábamos. No es lo mismo pensar en silencio que hacerlo con alguien. Apenas hablábamos de lo cotidiano: yo sentía que no había nada que pudiera acercarse a ser mínimamente interesante entre las reuniones y Alejandro casi siempre ignoraba mis peticiones de detalles sobre la vida en Brujas. Solo en ocasiones se recreaba en describir alguna situación de apariencia inocente pero sobre la que levitaba cierta magia. Aquellas estampas no eran más que descripciones de encuentros con vidas ajenas, muy similares a fotografías como las que tomaba antes de separarnos, traducidas del lenguaje de la luz al de las palabras.
Salvando esos mensajes en que la atención recaía sobre azares y casualidades arrancados a golpe de observación, lo más habitual eran las reflexiones casi metafísicas sobre asuntos como la muerte, la condición humana, los sentimientos, el lenguaje o el tiempo. Puede que los segundos fuesen una forma tan buena como otra cualquiera de olvidar nuestro propio miedo intentando entender un mundo desordenado donde cada pequeña cosa que iba pasando a nuestro alrededor parecía contravenir alguna de las normas que habíamos formulado poco antes. Pero los primeros eran los que de verdad conseguían hacerme esbozar una sonrisa, recordar al Alejandro imaginativo e idealista, el tipo bonachón que podría ser capaz de dar las gracias hasta a su asesino.