Fragmentos (A.5)

[…]Decepción.

No fueron las matemáticas las que llevaron a Alejandro a recorrer el mundo, solo las que le sacaron por primera vez de España.
El último curso se presentó una mañana exultante con una hoja impresa que contenía las bases para una beca en la sucursal bonaerense de un banco que estaba expandiendo su negocio por Latinoamérica. Durante las siguientes semanas no dejó de hablar de la posibilidad de pasar aquellos tres meses en Argentina, aunque en ningún caso su charla al respecto resultaba pesada sino que, más bien al contrario, resultaba casi imposible no contagiarse de su entusiasmo cada vez que te hacía partícipe de cada uno de los pasos que le acercaban a su objetivo.

Si bien él era más precavido, quienes le conocían nunca dudaron de que aquella plaza sería para él. Alejandro no era un triunfador, un tipo acostumbrado a la victoria ni tampoco especialmente seguro de sus capacidades pero, seguramente por todo ello, cuando algo captaba su atención se volcaba en ello con toda su energía y a menudo obtenía resultados sobresalientes.
Más allá de un par de breves escapadas en verano con sus padres, unos señores que a mí me parecían muy mayores en contraposición con los míos, aquella beca sería su primer viaje de verdad, así que resultaba lógico su nerviosismo al respecto. Aquella beca no implicaba solo un reconocimiento a su esfuerzo lectivo, la posibilidad de aprender muchas cosas sobre análisis de riesgos o empezar una carrera profesional en el sector de la banca, que era sin duda lo que convenció a sus padres para que no se opusieran esta vez con la firmeza de otras al empeño de Alejandro, sino que significaba también una aventura de nada menos que tres meses de libertad, una suerte de liberación adolescente tardía.
El día que le confirmaron que su candidatura para el banco había sido elegida y comenzó a preparar todo para el viaje me dijo “¿imaginas todas las fotos que podré sacar allí?”, con una expresión de emoción que hubiese convertido la envidia de cualquier otro aspirante frustrado en gozo por saber que los designios de los prebostes del banco y la universidad habían recaído no solo sobre el mejor expediente sino, y eso era lo más importante, sobre la persona que más se merecía y deseaba aquella oportunidad.

La afición por la fotografía de Alejandro le acompañaba desde algo antes de su adolescencia. Ya cuando nos conocimos solía arrastrar siempre consigo una sencilla cámara automática que algún pariente le había regalado cuando celebró su primera comunión y a la que sacaba un indudable partido. El impacto que en la economía de un adolescente podía tener la compra de un carrete o, más aun, su revelado, había terminado por dotarle de una especie de sexto sentido que hacía que rara vez tuviese que despreciar una toma. Tenía una especial habilidad para captar los momentos más intensos de una acción, los detalles más extraordinarios de una escena, y las expresiones más auténticas de una persona.
Un joven con una afición inofensiva, aplicado en los estudios y disciplinado que consiguió, el verano que transcurría entre el examen de selectividad y el comienzo de la carrera de matemáticas, que sus padres le regalasen una cámara réflex de segunda mano que terminaría por convertirse en su compañera casi inseparable y en origen de más de una discusión familiar por el interés, a juicio de sus padres excesivo, que le procuraba.
Su padre, un hombre menudo y de espalda encorvada, con unos ojos pequeños y vivaces que te examinaban por encima de las gafas casi con la misma reserva que si fueses un desconocido al que acaba de abrir la puerta, era por supuesto consciente de muchas de las virtudes de su hijo y creo que apreciaba incluso el talento de algunas de sus fotos, pero no disimulaba que preferiría que su chico apartase un poco la vista del visor de la cámara y se dedicase un poco más de atención a otras cosas “más normales” que, solía decirle, “no vas a encontrar una mujer escondido detrás de la cámara”.

En efecto, tal vez pudiera decirse que en ocasiones Alejandro prefería mirar la realidad a través del visor de aquella cámara fotográfica, pero desde luego eso no le convertía en un ser taciturno sino que era más bien su forma de enfrentarse a la confusión de una existencia que no era capaz de comprender con números y fórmulas, el nexo entre las matemáticas y el alma del mundo. Así que resultaba más que lógico que la cámara le acompañase en su experiencia y, aunque su padre se apresurase a señalar que no iba a Argentina “a hacer un safari fotográfico, sino a trabajar y a aprender, a demostrar lo que vales y forjarte una carrera profesional”, la idea de disponer de un nuevo escenario para enredar con la luz y con el tiempo era acaso una de las motivaciones esenciales de aquel viaje al que partió, como no podía ser menos, con su inseparable bolsa como pertenencia más preciada.

Así que cuando el espejismo del milagro económico se desmoronó en una pesadilla, Alejandro estaba en la sede central del banco rodeado por una multitud que se sentía estafada y engañada, retratando desde dentro aquella decepción con la cámara. La siguiente noche, que hubieron de dormir en las oficinas del banco, su jefe firmó la memoria de sus prácticas eximiéndole así de las dos semanas que aún le quedaban de trabajo para poder tomarse él mismo unas vacaciones bien lejos de los disturbios que intuía que solo habían empezado.
Aquella fotografía que reflejaba desde el interior del banco asediado la desesperación de un pueblo entero se publicó en un par de diarios españoles y, junto a otras tomadas el mismo día, terminó dando la vuelta al mundo y convirtiéndose en parte de la crónica de un naufragio y de la rebelión de sus náufragos. En cuanto que tuvo ocasión, Alejandro dispuso del dinero que le habían ingresado en España por la beca y puso rumbo a Tierra de Fuego. Con el dinero que había cobrado por la imagen, ordenó dos transferencias a sus padres, una del importe exacto que habían pagado por la cámara, y otra por el resto. En la descripción de la primera puso “Por la cámara…” y en la segunda “…y por las molestias”.
Fue un acto de rebeldía tal vez poco ponderado, puede que incluso un poco cruel, pero Alejandro necesitaba instituir de alguna manera su condición de adulto, la potestad de equivocarse por sí mismo, de perseguir la felicidad, conocer mundo, de escarbar en busca de respuestas y engañarse creyendo encontrarlas. Sobre todo engañarse.