Fragmentos (A.1)

Para los que pidieron «algo más largo».

            Miro a mi alrededor para comprobar que nadie me conoce y yo no reconozco a nadie, y entonces me siento, aliviado, en un burdo banco de hormigón que no es más que un gigantesco bloque pulido de aquel material sin siquiera un respaldo  que deja los coches, cientos de motores humeantes, a mi espalda y las personas, un flujo continuo de ellas que caminan como si supiesen dónde van, frente a mí.

            Hace años yo también era uno de ellos: arrastraba mi cuerpo sorteando obstáculos vivos y supuestamente inteligentes.  Salía de casa a las siete de la mañana y volvía en torno a las ocho de la tarde caminando despacito, respirando hondo e imaginando que los árboles de sombra del parque eran parte de un gran bosque donde podría decidir perderme y nadie me encontraría en días. Aunque lejos de esas fantasías, como pude comprobar, lo más probable era que sencillamente nadie se molestase en buscarme.  Trece horas fuera de casa, una de tareas domésticas, otra de lectura y ocho de sueño reparador; nunca llegué a tener claro qué pasaba con la otra.

Me recuesto y mi espalda agradece el contacto con algo duro.  Miro al cielo y compruebo que por encima de la capa de contaminación que se acumula hacia finales de semana está nublado.  Aunque apagasen las luces, esta noche no tendría que ver ninguna estrella y me resulta agradable pensar que hoy puedo decidir no verlas brillar, aunque en realidad no sea yo quien lo haya hecho.  En realidad nunca he decidido nada y por tanto, nada de lo que me ha pasado ha sido fruto de mis actos y todo lo que me ha ocurrido es resultado de mi indolencia.

A veces me sentaba en medio del bosque, en un banco de hierro y madera con el escudo del ayuntamiento grabado, a buscar estrellas fugaces a las que pedir deseos.  Todos los jueves en torno a las ocho menos diez pasaba una estrella fugaz de línea regular a Buenos Aires a la que siempre le pedía lo mismo.

            Cómo imaginar que me lo iba a conceder y que maldeciría no haber pedido otra cosa, si la juventud no es tiempo para grandes reflexiones acerca de deseos y aspiraciones.

            Saco el libro de la mochila y luego la pongo en un extremo del banco a modo de reposacabezas para que me permita leer un poco más cómodo.  Mido la tapa entre el pulgar y el índice y descubro que el editor ha sido generoso esta vez; tal vez creyese que el libro va a venderse bien. Me salto el índice con el pulgar, como siempre, y me detengo en una hoja en blanco porque sé que tras ella me espera un torrente que dejará de estar bajo mi control y ya no podré detener hasta encontrar otra página en blanco exactamente igual a esta justo al final.  Ya no recuerdo si entonces también tuve en algún momento esa sensación pero supongo que si la hubiese tenido no hubiese hecho nada.   Me pregunto qué pasaría si arrancase esa página en blanco y también la del final, pero sé que nunca lo haría. No. No lo haré porque sé que si lo hiciese, el libro entero se desharía entre mis manos y las hojas saldrían volando una a una con esta leve brisa.  Me quedo mirando la hoja en blanco para intentar recordar si entonces tuve en algún momento la certeza, o siquiera la impresión de que ya no podría frenar lo que estaba por venir.  Fuese lo que fuese.

            Cuando llegué a casa aún se estaba poniendo el sol y en el buzón asomaban varios sobres.  Me gustaba encontrármelos allí y sentir que algo me esperaba en casa.  Noticias del mundo que tenían la paciencia de aguardar en mi portal desde la mañana hasta última hora de la tarde. Además de la publicidad, me encontré una revista de negocios y otra de viajes y entre ellas un sobre con mi dirección escrita a mano con tinta verde que me costó no abrir hasta haber tirado la publicidad y el plástico que recubría las revistas y poder tumbarme en el sofá.

            Dentro del sobre, una postal de la ciudad de Brujas me mostraba la estatua de Van Djick con un río al fondo flanqueado por las preciosas casas tan típicas de la ciudad que había visto precisamente en el penúltimo número de la revista que acababa de recibir.  En la otra cara, un número y cuatro palabras de las que sobraban tres: “Estoy en Brujas. Llámame”.  No firmaba pero no hacía falta.  Si escribía con tinta verde y sin perder el tiempo en rodeos, no podía ser otra persona.  Me la imaginé intentando escribir algo más que el necesario “llámame” y valoré el esfuerzo de decirme donde estaba aunque la postal ya lo dejase claro.  Me lo tomé como una atención especial que me hizo sentirme aun más privilegiado por recibir su carta. Marqué el número de la tarjeta y mientras pensaba en que probablemente no consiguiese que me lo cogiese en unos cuantos días, porque no era persona de estar parada en casa, el teléfono sonó y me lo descolgó.

-¡Hola!- siempre contestaba así, como si supiese en todo momento quién llamaba y solo le quedase saludarle, dejando al otro la responsabilidad de empezar la conversación.

–      Hola, ¿qué tal? – respondí todavía sin saber qué más decir.

–      Pues empujando, que no tirando – soltó, y añadió la misma carcajada de siempre que usaba ese chascarrillo -y tú, supongo que ya a punto de llegar a director general ¿no? Menuda carrerita que llevas.

“No, todavía no”, dije y me reí sin ganas.  – Me paré en director comercial.  Sabes que no está entre mis aspiraciones tener grandes responsabilidades. Comercial está bien: gano bastante dinero y aunque le hecho bastantes horas no me canso.

-¿Y tú qué? Veo que sigues rodando por el mundo, ¿no? ¿cómo te va?

– Pues nada, ahora ando por Brujas.  Estaré por aquí unos meses.

-¿En Bélgica?- pregunté yo, casi extrañado por que pudiese pasarse varios meses seguidos en la misma ciudad.

– Bueno, por Europa en general- concedió. –Aunque supongo que sí, que estaré sobre todo por Bélgica y en Brujas en particular.

Había conocido a Alejandro catorce años antes de aquella llamada, cuando él acababa de cumplir otros tantos y a mi aun me faltaban unas semanas para  hacer lo propio.  Durante casi diez años  se nos vio juntos a menudo; casi todos creyeron que habíamos decidido estudiar la misma carrera para poder seguir juntos y alguien incluso llegó a decirnos que tarde o temprano nos tocaría separarnos, así que no deberíamos seguir tomando decisiones en comandita.  Pero lo cierto es que no hubo  ninguna relación de causalidad y nunca pretendimos retardar el momento de nuestra separación.

Hablamos durante unos minutos de nuestras vidas y de un pasado aun no muy lejano en el que ambos soñábamos con una vida ideal a la que, según yo lo veía, solo él se había conseguido acercar. Solo cuando pareció que ya nos habíamos contado todo –en realidad, como cabía esperar, sabíamos que no era así pero la magnitud de lo que permanecía oculto era desconocida- e iba a hacerse uno de esos silencios en que solo es posible despedirse y colgar o lanzar una pregunta abstracta del tipo “¿y entonces, qué?”  para reiniciar la conversación en una nueva ronda más personal, liberada de innecesarias cautelas, más despegada de la anécdota o el relato y próxima al sentimiento, Alejandro  soltó las dos palabras –la mitad que las de la tarjeta, esto me parece relevante aunque sea como anécdota- que comenzaban la parte real de la conversación, la que debía explicar por qué me había enviado una postal pidiendo que le llamase, pero que en realidad no hacía sino empezar a situar en un mapa que aun no había siquiera empezado a trazar una serie de incógnitas.  Con su voz queda, su habitual entonación y ritmo tranquilos, dijo “Necesito verte”.

….

¿Continuará?